Que nos gusta el escarnio en plaza pública como a nuestros ancestros romanos no es novedad. Que de ellos heredamos el gusto de insultar en el muro de la plaza al ciudadano que terciara menos novedad aún, porque nuestros medios de comunicación masivos lo facilitan de forma exponencial. Si ellos inventaron la publicidad del insulto, nosotros los hemos hecho planetario, hasta hundir al injuriado en un agujero negro de un muro sin fin.
A algunos chavales, al igual que algún adulto, les encanta animar sus aburridas vidas con ese juego inmoral de elegir a un pobre desgraciado, atribuirle el papel de tonto, raro, malo o lo que sea y jugar al chivo expiatorio para pasar las horas y los días. El grupo, que se cree hasta el fanatismo el guión que ha ingeniado, hace que su trabajo tenga mucha más recompensa porque es capaz de conseguir que el acosado llegue a ser un tonto universal del que se puedan mofar un montón de adeptos, haciendo que sea un grupo mucho más grande y, por lo tanto, más autorizado. Para alcanzar esta divulgación del acoso, algunos, por no ser los más listos del grupo o porque carecen de infraestructura tecnológica, se contentan con escribir una palabrota en un muro, cual romano antiguo, dirigida al chivo, para que se entere. Otros gastan el saldo del móvil en enviar amenazas de toda índole, con saña, gratuitas, para que el chivo se siga enterando. Otros pondrán cara y nombre al chivo en el muro virtual de Internet, por si este y el resto de la humanidad aún no se han enterado de que le odian, porque así se ha decidido tras reunión previa vía chat donde se perfilan las estrategias.
Este grupo de acosadores, cargado de sinrazón, pensará que, debido a las dimensiones del suceso, “algo habrá hecho” el desgraciado para recibir ese trato. Cosa que, seguramente gracias a compartir la misma genética, también defenderán los padres de los acosadores. Si la cosa se pone fea, con eso de ser tantos, los del grupo se piensan que la culpa entre muchos es menos culpa, como si la mofa fuera más liviana porque el chivo ha perdido la cuenta de los que se están echando unas risas. Y cuando llega el momento de romper el juego, cuando el guión no va a terminar como pensaban los irresponsables, cada uno se defiende como puede, que suele ser echando la culpa al vecino, que, esta ocasión, son un montón. Más de uno dirá que nunca se le ocurriría hacer algo así. Sus padres dirán lo mismo, por lo de la misma genética.
Una vez que la historia haya terminado, que el tonto-raro-malo quede libre y los “Otros” sigan pensando en sus entrañas que se lo merecía, el muro quedará limpio durante una temporada; hasta que se encuentre otro infeliz a quien se dedicará un muro de tamaño inmenso, planetario, donde poder escarnir hasta el infinito.

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