domingo, 22 de noviembre de 2009

El niño que no amaba a las mujeres, ni a los hombres, ni a ningún bicho viviente


Una de las mejores fórmulas que hay para crear un best seller es introducir un personaje moderno, actual, con el que los lectores se identifiquen de manera casi fanática y que sea tan previsible que alguien con un poco de mollera sepa lo que va a hacer unas páginas más adelante. Por ejemplo, en Crepúsculo de Stephenie Meyer nos presentan a una chica atontada, poco popular, torpe, con complejo de inferioridad, es decir, igual a como se sienten millones de mujeres en todo el mundo, aunque ella se lleva al vampiro macizo de la cara aplastada y las demás se conforman con leerlo.

Por lo que vivo y veo a diario, creo que si tuviera que crear un personaje tipo para un/a padre/madre e hijo/a, tendría tan fácil montar un modelo, que sería complicado decir eso de “no se puede generalizar”.

Podemos crear una escena inicial, en la que tenemos un primer contacto con los personajes. Un niño de unos ocho años y su madre, en el patio del colegio, a las nueve de la mañana, esperando que abran la puerta por donde entran los pequeños de infantil. El niño juega con una pelota, da enormes patadas al balón sin destino determinado, para que vaya golpeando a los allí presentes (otros niños, padres y madres, algunas embarazadas, bebes en los carritos…) hasta que la pelota pierda fuerza, como si fuera un pinball gigante y por cada uno tocado le dieran mil puntos. La madre, mientras observa al atacante con pasividad, un poco ida, como si aquello no fuera con ella, de vez en cuanto suelta un cansino “fulanitooooooo, ten cuidadooooooooooo”, que, traducido, al castellano simple, viene a significar “me importa un bledo las consecuencias de tus actos, aunque parezca que sí me importa sólo un poquito”. De repente, se introduce un personaje que rompe el juego del niño, alguien a quien el balón le cae en toda la coronilla. Esa persona le quita el balón al niño y le pregunta si sabe que no se puede jugar al balón porque está haciendo daño a los demás. El niño, como si viniera de otra galaxia dice que no, la madre se pone a la defensiva en posición de alerta, con el cuello levantado como una avestruz. Esa persona desestabilizadora para el disfrute del chaval, le quita el balón y le dice que si deja de hacer el burro, se lo devolverá. El niño casi sufre un cortocircuito al oír eso. Parece como si nunca en su vida le hubieran impedido hacer su santa voluntad. Tras unos segundos, el personaje asusta-niños le devuelve el balón, el niño todavía no ha reaccionado, la no-madre ofendida le dice “vaya, hijo, parece que tendrás que dejar de jugar al balón…”, que traducido al castellano simple significa “mi niño no está haciendo nada malo y esa persona no tiene ningún derecho”. A todo esto, los que están alrededor han pasado miedo, angustia. Hay que tener valor para echarle la charla a un niño.

Si la historia de este crío se va a continuar en las páginas de un libro, si vamos a montar un futuro escrito, lo tenemos bien sencillo. Puede que sean un vándalo que vaya por ahí rompiendo cosas, puede que se dedique a pisotear a sus compañeros de trabajo, quizás le dé por dar bofetadas a su mujer cuando se sienta frustrado y, cuando la justicia venga para ponerle en su sitio, a lo mejor aparece su amada madre diciéndole “vaya, hijo, parece que tendrás que ir a la cárcel”, que traducido al castellano simple viene a ser “no hay justicia, mi hijo es inocente y yo le eduqué muy bien”. Fin de la novela.


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